Abr 052014
 

ManuelSierra06El pintor Manuel Sierra expone en la Galería Bernesga de León, en la calle Santa Clara, hasta el 26 de abril.

La Colección se denomina Celebración y Ofrenda y cuenta con la presentación de José Luis Puerto.

CELEBRACIÓN Y OFRENDA

La pintura de Manuel Sierra está atravesada siempre por una poética de la memoria. Nos remite a lugares, paisajes, espacios, estancias… impregnados siempre de ese hálito, de ese temblor humano que advertimos en todos los objetos que el artista plasma, que no son mera materia ni mera forma, sino que tienen alma y una vida misteriosa que a todos pertenece.

Hay una hermosa dialéctica en esta pintura entre lo exterior y lo interior; entre el vasto mundo del origen –con sus montañas, sus cielos, la noche, la nieve, los caseríos con sus edificaciones agrupadas– y ese pequeño mundo del hombre que late en sus espacios de interior –las estancias y habitaciones que nos protegen y nos dan sentido, con su cama, edredón, mesilla de noche, lámpara, silla, o la mesa con los botes para pintar.

La pintura de Manuel Sierra es inconfundible. Enseguida advertimos que un cuadro o un mural es suyo. Algo –un estilo podríamos llamarlo- que solo el talento puede conseguir. Y esta singularidad está lograda a través de los colores, de los planos nítidamente trazados, mediante los cuales el artista construye sus _guras, sus mundos. Nada queda difuminado en la pintura de Manuel Sierra. Todo en ella aspira a la claridad. En este sentido, suprematismo y cubismo se dan la mano en ella, un orden meditado y riguroso en su estructura, logrado a través de planos geométricos que funcionan al tiempo como moradas de los colores y como elementos que dialogan entre sí para construir esa composición total que es cada cuadro.

Pero la figuración en la pintura de Manuel Sierra no es mecánica, sino el resultado de una elaboración tanto conceptual como anímica, fruto de un proceso creativo interior del artista; de ahí ese juego tan sutil que late en ella entre serenidad y temblor misterioso, entre razón y corazón, entre silencio y melodía susurrada.

La pintura de Manuel Sierra nos está proponiendo de continuo la celebración de la vida verdadera, mediante esa eclosión del color que busca la manifestación de la luz. Y entonces los colores –ese maravilloso juego de tonalidades de rojizos, azules, dorados y verdes, violáceos, amarillos y ocres, plateados… – funcionan como amuletos, como una suerte de conjuro frente a todo lo siniestro, como antídoto frente a cualquier amenaza.

Una poderosa vibración espiritual y psíquica atraviesa esta pintura, manifestada a través de enigmáticos objetos –como las bolas o las hojas, flotando en el espacio de algunos cuadros–, que nos hablan de la ingravidez, en una clara y misteriosa simbolización de todo lo secreto que alienta en el espacio. “Está como suspendido todo el universo” –nos confiesa el artista.

La pintura de Manuel Sierra funciona también como ofrenda. De ahí esas mesas, esas camillas de las cocinas, con sus hules tatuados por hermosas cuadrículas, que funcionan como verdaderos altares o aras, sobre las cuales reposan, como en ofrecimiento, el tazón o cuenco de leche, el pan, la jarra de vino, las peras, los limones, la pipa de fumar, el libro, algún que otro vaso. Porque toda esa cotidianidad habla siempre de nosotros, es lo que mejor manifiesta lo que somos.

Y aparecen de continuo en esta pintura los guiños y los juegos, los espejos que se encargan de reflejar y desvelar los objetos y las cosas, los cuadros dentro del cuadro, las ventanas encargadas de acercar a las estancias los paisajes exteriores, o de anunciar al mundo esa luz interior siempre encendida en la noche.

Y hay otro juego también de formatos. Porque el artista utiliza, por ejemplo, el cuadrado de considerables dimensiones, para plasmar el universo de las habitaciones vividas; el circular en pinturas sobre bajo-platos, para mostrarnos las mesas ofrecidas; o el cuadrado pequeño para trazar escenas paisajísticas de su Babia y Laciana natales, que funcionan al tiempo de modo autónomo y como secuencias de una figuración más abarcadora.

La pintura de Manuel Sierra está poblada de sacra, de esos objetos que, plenos de valor simbólico, trascienden la mera significación literal y nos llevan a ámbitos de misteriosas sugerencias: las bolas y las hojas ya indicadas, los carros rojos de la estirpe de Malévich, los tazones de leche, la nieve, las ventanas iluminadas (a veces, con sus alféizares para apoyarse en ellos y contemplar el mundo), la noche y su misteriosa latencia, los hules y edredones tatuados de geometrías fascinadoras… Toda una manifestación de lo sagrado a través de la más humilde cotidianidad.

La pintura de Manuel Sierra está atravesada por una poética de la memoria, que vibra en las plasmaciones de las estancias familiares de su casa en Cabrillanes, que, pese a haber sido cegada su visión por una desproporcionada y fea edificación moderna, fruto de una mezquina política municipal, están salvadas para todos, gracias a la pintura del artista.

Celebración y ofrenda, la pintura de Manuel Sierra es arte verdadero, en el que –a través de una mirada atenta– podemos reconocernos y salvarnos, y, mediante ese acto purificador, volver mejor el mundo.

JOSÉ LUIS PUERTO

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