Ene 212016
 

imagen-josefina-webClaro que mereció la pena (artículo de La Nueva Crónica de León)

Josefina García, que este martes falleció camino de los 104 años, es en sí misma una lección de historia. Babiana, hija de maestro represaliado, a un hermano lo fusilaron en la guerra, tuvo que huir de su casa y su tierra, exiliada en Francia y México… Y, sin embargo, siempre decía: “Valió la pena”

No me defiendo de quienes me acusan de tener “debilidad por los centenarios”. Porque la debilidad no es por la edad, es por la vida, por el ejemplo, por unas biografías irrepetibles y ejemplares, tal vez fruto de un siglo de vivencias en una etapa histórica muy dura y ante la que mucha gente jamás volvíó la cara.

Y un ejemplo único, una mujer que bien se podía apellidar Dignidad, cerró este martes sus ojos para siempre, con 103 años, a las puertas de 104. Llegó el momento que más temía Josefina García, no la muerte, que ya la esperaba, sino no volver a ver el cielo azul de su Babia natal, el cielo de Truébano que no encontraba en el exilio de México. No en vano, cuando en 1986 regresó a su tierra ofreció dos razones:”Mi madre siempre me decía que a los hijos que están fuera se les quiere mucho más” y “necesitaba ver los cielos limpios de mi infancia”.

“Qué curioso que cuando murió Machado en el exilio llevaba en el bolso su último poema:‘Estos cielos azules y este sol de mi infancia”.

Sin embargo, la vida de Josefina García no había sido un camino de rosas y versos. Nacida en Truébano, en 1903, y tras una infancia que ella siempre recordaba feliz a la sombra de su padre, maestro, llegaron aquellos fatales años de la guerra civil, trágicos para ella y su familia. Los falangistas fusilaron al único varón de 8 hermanos, Justiniano, y su padre tuvo que huir en la noche de la casa y el pueblo para no ser fusilado, camino de Asturias, donde vivió en un pajar de Teverga. Encarcelaron  a su madre y a otra hermana por no delatar al huido y cada día Josefina andaba varios kilómetros para llevarles la comida a la cárcel. Seis meses después, Josefina, que ya había estudiado Comercio en León, fue a encontrarse con él en tierras asturianas. “Todo era huir, yo también me hice maestra, como él, y de Asturias marchamos a Cataluña, donde dábamos clase de castellano a quienes sólo hablaban catalán. Después a Francia, sin nada, sin saber el idioma…”.

Siempre definía su estancia en Francia con una anécdota:”Teníamos tan poco que cuando lavábamos la ropa teníamos que estar un día en la cama para que secara. Y no pude conocer París y su torre Eiffel”.

Por suerte se cruzó en sus vidas un nombre, el de otro leonés, Félix Gordón Ordás, entonces embajador de la República en México (llegó a ser presidente de la República en el exilio). Y zarparon para quel país, en un recordado viaje en el que su padre escribió  un precioso y documentado diario y en el que se manifiesta la visión optimista de la vida de esta mujer:”En aquel viaje pude, al fin, conocer el mar”.

México fue otra historia. Primero fue maestra y al fallecer su padre trabajó en un laboratorio. Conoció a gente como los leoneses Gordón Ordás o el babiano Guzmán Álvarez, con una peripecia vital muy parecida a la de su familia. También a Plácido Domingo, “con el que canté rancheras”.

Pero siempre con una nostalgia, los cielos azules de Babia, la memoria de su tierra y de sus gentes. La añoranza de lo que había dejado aquí.  Y regresó. Fue la dignidad y la independencia paseando por el Barrio del Ejido; y con una valoración cuando volvía la vista atrás y repasaba su biografía:”Mereció la pena”.

Claro que mereció la pena, el ejemplo y saber que podemos mirarnos en un espejo como sus ojos claros.

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