La Edad Moderna en Babia

 

La Edad Moderna supuso el desarrollo de las instituciones que ya estaban diseñadas a su inicio, consolidándose el sistema concejil y la titularidad comunal de las tierras. La ganadería, en especial la trashumante, llegó a su apogeo y se alcanzaron las cotas más altas de ocupación del territorio por la agricultura. Desde un punto de vista ambiental y de uso de la tierra, el fenómeno que merece ser destacado por su influencia sobre el territorio es el régimen ganadero, en sus dos vertientes, la ganadería trashumante que invernaba principalmente en la Extremadura leonesa y la ganadería estante, que solía trasterminar entre la montaña y el valle, dentro de la propia comarca babiana. La confluencia de ambos fenómenos ha dado lugar a la realidad natural actual de Babia, con los amplísimos pastizales de montaña a mucha altitud, por un lado y, una de las mayores superficies de prados de siega de regadío de España, que han servido para mantener un sistema tradicional de regadío de carácter secular. Todo ello tuvo detalladas regulaciones en las ordenanzas concejiles, que establecieron normas para muchos de los aspectos de la vida agrícola y ganadera.

Babia alcanzó importancia en la economía nacional debido a la gran superficie de puertos de montaña que eran arrendados a los propietarios de los rebaños de merinas. El arrendador en Babia en la mayoría de las ocasiones era el propio Concejo, ya que estos eran bienes de propios. Sin embargo, hubo algunas excepciones; así, durante el siglo XV, el Conde de Luna consiguió ser el arrendador de los mismos —en Laciana durante mucho más tiempo, lo que dio lugar a numerosos pleitos—. El Convento de San Isidoro, de León, arrendaba 2.000 fanegas en los puertos de Pinos, y el Cabildo Catedralicio arrendaba los puertos de Candemuela. Sin embargo, como se comprueba en el Catastro del Marqués de la Ensenada, todos los pueblos de Babia registran las fanegas que arriendan y los ingresos que obtienen. En la misma línea, Jovellanos, tras un viaje que realizó por la zona en 1790-1792, escribió: «En Babia se apacientan en verano como trescientas mil cabezas de ganado merino, y son del Paular, Guadalupe, Perella, Escorial, Salazar, Sesma, Dusmet, Albas de Salamanca, Muro (Someruelos), Ondátegui (Hospital de Segovia). El Paular tiene su ropería en Truébano, El Escorial en Quintanilla, Guadalupe en Beberino, Sesma en Riolago y Salazar y Ondátegui allí. Fernández Nuñez, en la Mesa, Infantado en Torrestío, Negrete en Valdeburón». El número de merinas recogido por Jovellanos da idea de la relevancia económica que tuvo Babia durante mucho tiempo y cómo la presión por ir aumentado los pastos de la montaña fue favoreciendo la deforestación del valle en aquellas laderas que por su pendiente suave permitían el pasto del ganado. Hasta estos puertos siguieron accediendo los rebaños a través de las antiguas calzadas romanas, reconvertidas en cañadas, cordeles y veredas, a las que La Mesta  dotó de una protección jurídica eficaz durante esta etapa. La vigilancia de estos caminos cañadiegos estaba encomendada a un oficial del Rey, el Entregador, que todos los años realizaba un informe sobre el estado de los caminos, con detalle de los rompimientos (roturaciones) o usurpaciones que realizasen los vecinos. Durante el siglo XVI el Entregador tuvo la Audiencia en Riolago y tuvo que tratar con más de doscientos juicios, pues los conflictos entre los vecinos y los ganaderos trashumantes eran frecuentes, tensión que fue constante durante toda la vigencia del Honrado Concejo, hasta que la institución mesteña entró en declive. Como ya se ha apuntado, la temprana accesibilidad de los montes de Babia ha supuesto que hayan desarrollado una ecología muy especial, con importante diversidad y con algunos endemismos.

Por otro lado, la ganadería estante o que permanecía en Babia todo el año también tenía un régimen estacional: mientras que en el verano aprovechaba los pastos de montaña, en invierno tenía que permanecer estabulada, alimentada por la hierba o heno que se segaba de los prados de regadío. La titularidad de estos ganados era de vecinos de la comarca, cuyo número de cabezas dependía de las posibilidades de mantenimiento de las mismas durante el invierno, cuando era imposible el aprovechamiento de los pastos comunales o de propios por causa de la nieve. Debe destacarse que a pesar de que los vecinos pudieran aprovechar los pastos de los montes del concejo —algunas veces entrando en colisión con los intereses de los ganaderos meseteños, lo que originó no pocos conflictos—, sólo aquellos que disponían de pastos de siega, o de tierras de cereal, podían mantener el ganado durante el invierno. De esta forma, la propiedad de la tierra también condicionó en parte la posibilidad de ser titular de ganados, por lo que los terratenientes eran también los principales ganaderos. Esto no obsta para reconocer el valor que tuvo siempre esta titularidad Concejil de los montes, pues permitió la subsistencia de una mayoría de pequeños propietarios que, en muchos casos, fueron ampliando las tierras de las que disponían con nuevas rozas en zonas que fueron ganando a los bosques en terrenos comunales en laderas difíciles y zonas marginales.

Estas rozas exigieron un gran esfuerzo por parte de los vecinos de los pueblos. Los estudios realizados sobre la materia han concluido que no hay documentación suficiente que permita asegurar si estas roturaciones se hacían de forma comunal y luego se procedía a la distribución entre los vecinos. Es probable que en algunos casos así se produjera, especialmente cuando la superficie a roturar exigiera el esfuerzo conjunto de todos los vecinos. La cesión de los terrenos debía ser por largos períodos de tiempo, con derecho de sucesión y probablemente sin pagar ningún canon. Esto ha supuesto, con el paso de los años, que los beneficiarios consolidaran la propiedad de aquellos terrenos, algo constatable con un repaso al vigente catastro parcelario. La poca productividad de estos terrenos exigiría largos descansos a las mismas, a pesar de lo cual no se debe despreciar la importante contribución a la riqueza y mantenimiento de la población en la comarca. Desde un punto de vista ambiental y paisajístico, también ha configurado el paisaje de las cercanías de los pueblos, que aún permite observar los contornos de aquellas rozas, pues a pesar de su abandono de hace ya muchos años se aprecian sus leves aterrazamientos, los restos de los cierres de piedra o setos vivos. Todas estas tierras están experimentado un proceso de reconquista por la naturaleza mediante su invasión por el matorral.

Vinculadas a la presencia del ganado estante —o de transterminancia corta— en la montaña están las construcciones conocidas como brañas, que servían como refugio a los vecinos que durante el verano estaban a cargo del pastoreo de los ganados, en muchas ocasiones, en régimen de vecera. Al lado de estas brañas suelen acondicionarse corrales para guardar el ganado, incluso sistemas de refrigerado de la leche que era ordeñada en el mismo lugar, realizando oquedades en los arroyos donde se almacenaban los cántaros de leche. Estas brañas son auténticos vestigios de una economía productiva de alta montaña de importante valor etnológico. Hay que distinguir estas brañas de lo tradicionales chozos de los pastores trashumantes, pues aunque en algún caso pudiera haber utilización indistinta la propia configuración arquitectónica es claramente diferente: mientras que las brañas son de planta cuadrangular y de mayor envergadura, los chozos suelen ser de planta redonda, de cubierta vegetal.

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