Superioridad de la nieve sobre la lluvia. Artículo de Nochebuena de Andrés Trapiello en El Mundo


La realidad española necesita más que nunca una buena nevada. Que cubra nuestras fealdades

Javier Olivares. El Mundo

Quiere uno pensar que hoy, veinticuatro de diciembre, trabajamos todos por los niños, por el que será su pasado. A menudo este es el único día del año en que media humanidad se esfuerza en ello. Hombres y mujeres de buena voluntad. No hay más. Treguas. Nada más que gentes alrededor de un vivac buscando un poco de calor, sin preguntar de qué regimiento se es o de qué ejército, soldados y desertores juntos bajo la noche helada, las manos extendidas hacia el fuego, hacia la luz. Trabajar por el niño que fuimos y por el que tenemos la obligación de seguir siendo, y principalmente por los que hoy tienen la fortuna de vivir su corta edad. El pasado es tanto o más importante que el futuro, porque a menudo este es una consecuencia fatal de aquel. Se habla mucho del «futuro de nuestros hijos y nietos», en los discursos y mítines está esto en boca de los políticos, de uno y otro bando, a todas horas, pero lo importante es su pasado.

Luego la vida nos desbarata, a unos más y a otros menos, pero los golpes nos dejan a todos llenos de abolladuras, por dentro y por fuera. La mayoría tan pobres que no tenemos en nuestra mano otra cosa que dejar a los nuestros que las veinticuatro horas de estos veinticuatro de diciembre.

Para la política española ha sido un año malo, uno de los peores. Pero hoy no digas nada, delante de ellos no; no tienen colegio, ríen, se divierten, rompen a llorar y al minuto, sin memoria, qué pureza, vuelven a reírse, juegan a lo suyo, ajenos al mundo de los adultos, y llegan al final del día extenuados, rendidos, para dormir sin fugas, para un dormir esférico, profundamente. Dice Rafael Cadenas que «sólo el niño ve brillar el barro». Y sueñan en ese barro, para ellos más que el oro. Duermen de tal modo que, a poco que te fijes, les ves también los sueños en sus tres dimensiones, con sus colores vivos, con su silencio armónico. Nada comparable al dormir de un niño.

En la infancia de uno este era, no obstante, el único día en que a los niños de la familia, la mía al menos, se les dejaba trasnochar. En aquella época, León era una ciudad pequeña, provinciana y raquítica, lo más parecido al siglo XIX que haya visto luego; y mi familia, de una gran formalidad en eso de los rezos. A la misa de gallo se iba a la parroquia, cerca de donde vivíamos, pero un año mi madre nos llevó a unas carmelitas de clausura, a las afueras, detrás de la catedral, en un barrio apartado. Fuimos andando, claro. Media hora antes de medianoche. Se había tirado el día lloviendo, pero a esa hora helaba. Mi madre dijo: «Helada sobre blandura, nieve segura». León aquellos años estaba mal iluminado, con faroles un tanto asténicos, y apenas nos cruzamos con nadie. Al fin llegamos al barrio de San Lorenzo, un barrio de casa bajas, deslucidas y mal encaradas, cuyas calles olían a estiércol porque se estilaban por allí aún muchos establos. Los que habían ido a misa, dos o tres docenas de fieles, eran desconocidos para nosotros y dentro de la iglesia hacía un frío feroz, canino. Con decir que la misa era en latín, ya está dicho todo. Pero resultó una noche mágica. La primera en que oyó uno el Adeste, fideles. Aunque no se entendía la letra, en latín también, la música lo decía todo, tanto que recuerdo haberle dicho a mi madre, sin esperar a que terminara la misa, entusiasmado: «¿Nos traerá usted el año que viene otra vez? Por favor». Sí, también a mis padres les tratábamos de usted. El siglo XIX.

Pero aún quedaba el prodigio. Al salir de misa nos encontramos con León nevado. En apenas una hora la ciudad se había cubierto con una espesa capa de nieve, tejados, casas, calles, los arbolejos raquíticos y negros retrazados de blanco, los pocos coches viejos que parecían más que aparcados, en un desguace. ¿Cómo había sucedido aquello si nadie, dentro de la iglesia, había oído nada? A la una de la madrugada el silencio era sobrehumano, porque nada como la nieve habla mejor el lenguaje del silencio, que esa noche sólo se rompió cuando nos cruzábamos, de vuelta, con los que acaso vinieran también de otras misas de gallo: «Feliz Navidad», nos decíamos, sin detenerse nadie. Cada cual yendo a lo suyo, apurados. Mi madre repitió: «Helada sobre blandura, nieve segura». Estaba feliz, risueña. La nieve siempre le devolvió a su infancia. Volvía su pasado, volvía a su pasado…

Nunca se habrá visto un León tan imponente como el de aquel día. Todo lo que podía tener de orinecida y oxidada la ciudad, se había transformado, y la realidad, vestida con aquel armiño como un monarca de otros tiempos, parecía de gala. Fue también el primer día en que pudo uno comprobar la superioridad de la nieve sobre la lluvia, que todo lo enloda y afea.

La realidad española necesita más que nunca una buena nevada. Que cubra nuestras fealdades. Hoy es también la cena de Nochebuena. El humor español la conoce como la cena por antonomasia «de los cuñados». El día de las treguas familiares. Y, de acuerdo, tenemos un gobierno de cuñados (bastaría hacer recuento de sus ocurrencias y extravagancias, de sus indecentes abusos), pero es Nochebuena. Tenemos un deber con los niños. Con su pasado. Se lo estamos construyendo. Incluso con nosotros mismos, por aquello que decía el amigo Emilio Gavilanes: «Aún estás a tiempo de ser feliz aquellos años».


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